Capitulo II
De la Noche al Día.

Habiéndonos retirado pasada la media noche, y llegados a nuestro lugar de reposo, que hubolos mas opulentos y lo celebro que dispusieron posada en el Reina Cristina, lujo donde los hubiera, (cuestión realmente de la criatura que les acompañaba en su trasiego) perdonadme la broma Don Roderico, entramos tras la copiosa cena, y la buena tertulia si bien nos perdimos las Danzas que plaza arriba hubo, otros no, y doy muestra gráfica del buen hacer de los Jambrina…


Digome tal, y no se si alegrarme pues de no haber asistido, pues dos bravos Caballeros, Paladines ambos de Teruel, de esta guisa… Verdad será que “La Música es elemento del Maligno”.
Decía, previo al divagar e trasponerme, que recogido lo campamento en alegórico orden, tomamos carruajes para llegarnos a un alto en la villa, embebido de cultura por estar losado a la Universitas Terolense.

A la vista de reposo que nos sobrevenía, distribuidas las cámaras para el descanso, y aliviados del frío de la intemperie por techo y caldera, caímos casi de agotamiento, no sin previas.
De un lado, los efluvios que desprendían nuestras vestiduras, bautizada con ingenio como “Gibsy” la Fragancia de los Recreadores, de la que las mentes elucubraron hasta posibles aplicaciones… así como la versión femenina, “Bruja” el aroma de las Hogueras…
Chanzas a parte, hubimos de quienes rendidos, nos hundimos en las manos de Morfeo, y quienes hubieron de soportar el anunciado concierto de “Ronco Presto, Placitto e Ilarante”, en Do Mayor, y bien mayor…

A otros como fueron el Caballero Isildurio y su Dama, fueron presa de la crueldad y desmedida de algún beodo, que animo la noche entre dispendios propios, y evacuaciones involuntarias.
Amén de los Roncares de Oso Pardo Ibérico, que los hubo en toda la tonalidad, intensidad e interpretación sumose en algún que otro caso, corneta de retaguardia, afortunadamente sin premio olfativo, cosas de la naturaleza.

Las primeras luces, una vez descrito el panorama nocturno, llegaron con el alba, y en poco al despuntar, el GalloJonico, y no por lo del arte, si no por su poseedor, Pardines, cantó vez tras vez, hasta lograr retomarnos del durmiente ensuenyo a la pura realidad de nuestra vida.
Una vez compuestos, y alzados, ataviados según la norma del vestir, retornamos con fortuna al campamento, del que la noche había dejado amen de soledad algunos huéspedes, que se retiraban de su voluntariosa “Guardia” tales como Maese Carlo de los ACHA, colorada la tez, del buen beber tal vez.
Era pues el sábado glorioso en la ciudad de los Amantes, y por tal, jornada de Regreso de Diego de Marcilla.

Por bien de todos, alzose el fuego, y en él dibujada la llama, no sin esfuerzo, y sin la bendita agua por helada de la fuente, si bien encontramos solución y remedio en las barricas de la bezoya, sano lugar.
Sobre la llama, y la brasa, en profusión se deslizaron, embutidos de la noche anterior a los que acompañaron otros más, deliciosa panceta de grunyal animalito, y quesos desfilaron ante nos, sobre las copiosas mesas, servidos junto a mieles, nueces, dátiles, y de más alimentos que tras el aplauso de rigor a las obradoras Dolça y María, y dadas la gracias al Todopoderoso, pasamos a devorar, no por Gula, Dios nos librare si no por disponer de las necesarias fuerzas para la jornada que nos aguardaba.


Al poco, sonaron cuernos e címbalos, e timbales anunciaron con la llamada al Orden de Batalla, e prestos, todos los hombres de Armas que allí hubieren, dispusimos nuestra voluntad de servir al mayor e mas glorioso fin , la Guerra… Que no es diversión si no Sagrado Deber, alzar la espada, forjada con sudor del artesana, y puesta al punto sobre noble mano, para con ella obrar según Dios lo disponga, si bien más vale saber de que lado el Señor se ponga, por la vida en ello no perder.
Con la medida celeridad, vestimos Túnicas, y Gambesones, sobre camisas y calzones, sobre ellos la cota de malla, el noble sobreveste que senyala quien es el cada cual en la batalla, y asido a este el Cinto de Armar sobre el que la noble hoja espera la llegada del momento de desenvainar.
Formados ya los bandos al combate, alzado el estandarte que nos guía, partimos al palenque, euforizados, que soleado y glorioso apunta el día.












Al pie de la falda en la muralla, según Fidelis Regi planeara, dos hileras de acorazados hombres, lucen sus escudos de batalla.

Clamores, desafíos, y estertores, miradas encontradas del de al lado, en el visor que queda entre almófar y celada, guardadas las manos con guantes, esperan unos y otros la algarada.

Millares de ojos expectantes, contemplan gélido el semblante de unos y otros el avance, por saber como la disputa será al fin lidiada.
Resuelto esta pues el primer envite entre tropas del Rey y los Leales a Teruel, y sin llegar a termino la lucha, se acuerda que a fin de que la sangre vertida no sea demasiada ni mucha, confluyan Paladines a Justar.


Y a ello se aprestan sin tardar dos bravos aguerridos en la lid, y tras ellos dos más hasta que al fin, Pardines y de Manuel se enfrentan sobre roca a su destino, que en la guerra las mas de las veces, combate uno contra un hermano o un primo.

Cumplido el ritual de Bendición, espada contra espada, en el tanyir, el uno al otro intenta herir.



Primero Pardines, después De Manuel, intercambian golpes de forma cruel, el uno al escudo, el otro al broquel, el ánimo exalta a todo el que ve como se doblegan una y otra vez.




Un certero golpe, tras una estocada, tumba sobre el suelo al que porta armado el escudo blanco y sobre este la banda.


Prestos a su auxilio, los de la algarada, que son compañeros, de allí le rescatan, con la faz herida, al igual que el alma; que un tercer combate, resolverá la jornada.


Y serán ahora los Jambrina en armas, quienes representes a las dos escuadras, tanto los del Rey, como los que Teruel guardan.


Singular combate, de maza y de hacha, ha de resolverse en la encuestada plaza, y gritan las gentes, dispuestas aun en orden de batalla jaleando al noble que cada mesnada comanda.
Presto uno de ellos contra el otro avanza en traidor ataque, que Jesus rechaza, mostrando su brío, que es de Prua Raza.

Rafael lo ensarta, e intercambian golpes varios, pero la lucha no acaba, hasta que el uno, sobre el otro se lanza, y derribado en el suelo, parece que no habrá mas opción que reclamar la clemencia que de un Caballero a otro, es tarea obligada…


Nos espera aun el Cofiero, otro reto, para gentes de armas, pero, al menos para el recuerdo, dejamos constancia, con todos bajo la misma ensenya, que nos guía y acompaña.


Dio de si la mañana mucho más, pero no hay que correr en el relato, que toca descansar tras la batalla, siendo esta interesante e larga, como la vida mesma que a veces entre los dedos escapa, como si fuere el tiempo mies, arena o agua, que no hay forma de atraparla.
Mientras todo lo relatado sucedía, en otro lugar también el tiempo pasaba, y Maria e Dolça, e Ana, se afanyaban en dejar bien preparada la vianda del día, que era pieza capturada en tierras montanyosas de Ontinyent, con el peligro afechido que ello suposara, que en siendo tierras de frontera con los Moros, el mal acechaba, tanto por la fuerça del gorrino, como por el temor a que los de la media luna mos capturaran.

La receta, sencilla pero muy elaborada, cumplían con esmero al pie de la letra las letradas en troncos y en especias, pelando con carinyo las mansanas, que guisadas juntamente con la cebolla, darían la dolçor previa ya que la carne de Jabalí, es más bien áspera o amarga, por estar este criada en monte, y alimentado de bellotas, moras y zarzas.













Añadieronle las Setas, y cuidaron de dorarlas, antes te cocer las canes que del lomo le sacaran al pobresito animal, después de que lo mataran; ellas no, pobretas mías, que es tarea muy ardua, y aun así según contaron, les costó una animalada cortar en cachos el bicho, sobre estar bien afilada la hoja del los cuchillos, cosa de la carne brava.
Del resto después os cuento, que prosiguió la batalla, y a tras ella, llegó el guiso, y mil cosas que aun nos faltan,

“Pasiensia, que es la virtud de la que Job hacía gala”

1 Comment:

  1. Isildur said...
    ¡Bravo Don Enric, un maravilloso recuerdo de esos días!

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